Puno atraviesa una de esas historias que duelen por su crudeza y que, a la vez, reflejan un vacío profundo en la protección de la niñez peruana. Guillermina Huacani Churata, una mujer adulta mayor con problemas de salud y sin recursos estables, se convirtió desde mayo de 2024 en la única responsable del cuidado de sus tres nietos de 10, 7 y 4 años, luego de la repentina y aún inexplicada desaparición de su hija, Esther Mamani Huacani.

Lo que empezó como una ausencia de “pasado mañana” se transformó en meses de incertidumbre, abandono y silencios dolorosos.

Una desaparición envuelta en promesas rotas

El 5 de mayo de 2024, Esther le dijo a su madre que saldría por un momento y regresaría en dos días. Nunca volvió.
Tras la denuncia policial, realizó una breve llamada afirmando estar en Cusco y prometiendo su retorno para enero. Esa promesa tampoco se cumplió. Desde entonces, la madre no ha mostrado interés por sus hijos ni ha brindado explicaciones sobre su paradero.

Con el paso de los meses surgieron versiones que señalan que la joven habría llegado a desplazarse hasta Puerto Maldonado e, incluso, que habría manifestado que no pensaba regresar. Nada de esto ha sido confirmado oficialmente, pero sí ha contribuido a la incertidumbre y al desgaste emocional de la familia.

Una abuela enferma sosteniendo un hogar que se cae a pedazos

En un pequeño cuarto de esteras y calamina, con goteras que se vuelven amenazas constantes durante la temporada de lluvias, Guillermina lucha cada día por alimentar y abrigar a sus nietos.

Vende comida para sobrevivir y, en ocasiones, su nieto mayor la acompaña para ayudarla.
No recibe apoyo del padre de los niños ni de otros familiares cercanos.

“Mi casita gotea, se moja todo… pero ahí vivimos”, cuenta entre lágrimas.

Pese a su deteriorado estado de salud, la mujer carga sola con todas las responsabilidades: alimentos, estudios, refugio y contención emocional para tres niños que no entienden por qué su madre no volvió.

La intervención del Estado: tardía y todavía insuficiente

Luego de que el caso se difundiera en medios locales, algunas entidades de apoyo social entregaron víveres y ropa. Sin embargo, el problema de fondo continúa sin resolverse:
¿Quién garantiza la estabilidad y seguridad de estos tres menores?
¿Debe seguir recayendo todo sobre la espalda frágil de una abuela enferma?

Diversos especialistas advierten que casos como este requieren acciones inmediatas de las instancias de protección: Demuna, Fiscalía de Familia, Ministerio de la Mujer y el INABIF.
El riesgo no solo es la precariedad económica, sino el impacto emocional y psicológico de un abandono prolongado.

Guillermina pide claridad legal:
“Solo quiero que mis nietos estén bien… y que sepa el Estado si me corresponde cuidarlos o si los van a ayudar de otra manera. No quiero que sufran más”.

Un padre ausente y nuevas interrogantes

En los últimos días, surgieron versiones que indican que el padre habría tenido información del paradero de Esther, pero nunca lo comunicó a la familia ni a las autoridades.
Esto abre nuevas interrogantes sobre la corresponsabilidad de ambos progenitores y la posible omisión de asistencia familiar.

El abandono no es solo una falta moral; es un delito.
Si se confirma que ambos padres incumplieron su deber, podrían enfrentar consecuencias legales.

Una historia que revela un problema nacional

El drama de Guillermina es también el reflejo de miles de niños que viven situaciones similares en el Perú.
La pobreza, la migración, la violencia y la fragilidad del sistema de protección dejan a muchos menores en manos de abuelos o familiares igualmente vulnerables.

La ausencia de políticas sostenidas, más allá de la ayuda puntual, convierte casos como este en tragedias anunciadas.

¿Qué necesita esta familia hoy?

  • Una medida legal clara que establezca la tutela adecuada y brinde estabilidad a los niños.

  • Apoyo social permanente, no solo donaciones aisladas.

  • Atención médica y psicológica para la abuela y los menores.

  • Un seguimiento estatal real, no simbólico.

La voz de una abuela que no se rinde

Guillermina Huacani no pide lujos. No exige nada extraordinario. Solo quiere que sus nietos no vuelvan a experimentar el abandono.
Mientras cocina, lava, trabaja y cuida, sueña con un futuro más digno para ellos.

Su historia debería bastar para recordarnos que detrás de cada caso existe una vida real, vulnerable y urgente.
Y que el Estado tiene una deuda pendiente con los niños que crecen sin las condiciones mínimas para vivir plenamente.

Por Roger Tapia – Redacción