


Negritos, Talara / Lima – noviembre de 2025.
En la arena gris de la playa de Negritos, en la provincia de Talara, el mar dejó un visitante que casi nunca muestra el rostro: un tiburón megaboca (Megachasma pelagios), una de las especies más raras del planeta. Estaba completo, recién varado, en perfecto estado para ser estudiado. Para la ciencia marina, era un boleto directo a las profundidades del Pacífico. Para los vecinos de la zona, fue, simplemente, carne.
Horas después, cuando las imágenes llegaron a los biólogos y a las autoridades, ya era demasiado tarde: el escualo había sido fileteado por pobladores que se llevaron trozos de carne al hombro, entre curiosidad y rutina. Lo que pudo ser un hito científico terminó convertido en anécdota viral.
Un visitante de las profundidades
El tiburón megaboca es un fantasma del océano. Descrito por primera vez en 1976, hay menos de un centenar de registros confirmados en todo el mundo. Es un animal de aguas profundas, que se alimenta filtrando plancton con una boca desproporcionadamente grande, luminiscente por dentro, capaz de abrirse como una gruta en movimiento. No es una especie habitual en la costa peruana; cada aparición es un acontecimiento.
Por eso el hallazgo en Negritos era excepcional. Un ejemplar de gran tamaño, aparentemente entero, varado en una playa accesible y a plena luz del día, representa una oportunidad que pocos países han tenido: medirlo con precisión, estudiar su anatomía interna, analizar muestras de tejidos, revisar su estómago, registrar su genoma, entender qué lo trajo a la superficie.
La crónica del hallazgo
Según reconstrucciones de medios regionales y nacionales, el tiburón apareció en la playa de Negritos el domingo 23 de noviembre. El primero en alzar la voz fue el fotógrafo Moisés Prieto Álvarez, conocido como Prial Photography, que difundió fotos del animal e insistió en su rareza.
Las imágenes muestran al tiburón tendido sobre la arena, con la boca enorme entreabierta, rodeado de curiosos. No se observa presencia de personal científico, ni de la Capitanía de Puerto, ni de funcionarios ambientales que delimiten la zona o restrinjan el acceso. Durante varias horas, el megaboca fue, literalmente, un imán de celulares.
En paralelo, se encendían las alarmas entre biólogos y divulgadores marinos, que compartían las fotos en redes sociales y pedían que se protegiera el cuerpo para trasladarlo a un centro de investigación. Esos llamados no llegaron a tiempo.
De pieza única de museo a carne en filetes
Las siguientes fotografías y videos cuentan el resto de la historia: cuchillos, machetes, grupos de personas cortando el cuerpo del tiburón, pedazos de carne cargados en hombros y carretillas. No hubo nadie que ordenara conservarlo completo. Lo que pudo ser esqueleto de museo y material de estudio internacional se convirtió en filetes anónimos.
En redes sociales se impuso una frase que, más que un dato preciso, funciona como retrato de la indignación: “lo hicieron ceviche”. Lo comprobado es que la carne fue retirada, presumiblemente para consumo, pero no existe una verificación oficial sobre cómo fue preparada. Sí hay, en cambio, una imagen clara: la de un país que vio en un animal extraordinario únicamente la idea de alimento.
Para los científicos consultados por la prensa, el gesto no solo implicó la pérdida de un ejemplar valiosísimo, sino también un riesgo sanitario: comer carne de un animal varado cuyo estado de salud y causa de muerte son desconocidos puede ser peligroso, por presencia de toxinas, metales pesados o infecciones.
Qué se perdió exactamente
Si el tiburón megaboca hubiera sido resguardado, hoy los investigadores podrían estar respondiendo preguntas clave:
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¿Qué comía este ejemplar en aguas peruanas?
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¿Qué ruta siguió en el Pacífico antes de quedar varado?
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¿Tenía parásitos, enfermedades, malformaciones?
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¿Estaba afectado por cambios de temperatura, ruido submarino o contaminación?
Un estudio completo habría permitido analizar tejidos, músculos, branquias, dientes, huesos, contenido estomacal y hasta el microplástico presente en su organismo. También habría sido posible tomar muestras de ADN para compararlas con otros registros del mundo y entender mejor la población global de la especie.
En un país con una de las faunas marinas más ricas del planeta, la aparición de un megaboca podría haber colocado a la comunidad científica peruana en el centro del debate internacional sobre especies de aguas profundas. En su lugar, los investigadores se quedaron con capturas de pantalla.
La ausencia de protocolos
El episodio dejó en evidencia un vacío institucional. En teoría, la respuesta ante varamientos de fauna marina involucra a varias entidades: el Instituto del Mar del Perú (IMARPE), el Ministerio de la Producción, el Ministerio del Ambiente y la autoridad marítima. En la práctica, ninguna llegó a tiempo a Negritos.
Sin una presencia clara del Estado ni protocolos divulgados a la población, el reflejo de la comunidad fue el de siempre: aprovechar lo que el mar arroja como recurso alimenticio. No hubo cintas de seguridad, ni cordones de aislamiento, ni un mensaje claro de “esto no se toca hasta que llegue un especialista”.
Diversos biólogos y organizaciones ambientales han coincidido en el diagnóstico: falta educación ambiental en las zonas costeras y faltan procedimientos operativos que indiquen, paso a paso, qué hacer cuando aparece una especie rara o protegida en la playa.
Una lección incómoda
El caso del tiburón megaboca en Negritos no es solo una anécdota curiosa para redes sociales. Es la fotografía de una tensión de fondo: la de un país que vive de cara al mar, pero que todavía lo mira más como despensa que como patrimonio natural.
Nadie en esa playa tenía la obligación de saber que se trataba de una de las especies más raras del planeta. Esa responsabilidad recae en el Estado, en las instituciones científicas y en el sistema educativo. Pero la ausencia de información no borra el costo: Perú perdió un ejemplar único y una oportunidad de comprender mejor lo que ocurre en las profundidades de su propio mar.
La próxima vez que un animal así llegue a la orilla, la pregunta será si el país habrá aprendido algo de esta historia, o si volverá a escribir el mismo final.






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